Cómo hacer que los niños coman verduras


Niño sonriente recibiendo brócoli de una mano adulta, promoviendo hábitos alimenticios saludables.

Todos estamos familiarizados con la famosa pirámide alimentaria que nos indica qué debemos consumir para llevar una alimentación equilibrada y qué alimentos es mejor evitar. Sin embargo, esta noción puede resultar complicada de comunicar a los más pequeños. En su universo, la pirámide alimentaria parece invertida, dándoles el visto bueno para ingerir una gran cantidad de alimentos azucarados mientras que dejan de lado las verduras, especialmente las más saludables.


¿Por qué a los niños no les gustan las verduras?

La preferencia por ciertos sabores es algo que se considera innato. Por naturaleza, el sabor dulce es atractivo no solo para los humanos, sino también para todos los herbívoros y omnívoros. Esto se debe a que la dulzura suele reflejar la presencia de azúcares que son energéticamente beneficiosos en las plantas. Desde el vientre materno, el feto experimenta sabores a través del líquido amniótico. Un estudio reveló que los fetos tienden a tragar más el líquido amniótico dulce en comparación con el amargo.

Además, la sensibilidad y la preferencia por el gusto salado también parecen ser innatas y se desarrollan alrededor de los cuatro meses de edad. Para cuando alcanzan los dos años, los bebés muestran incluso una mayor preferencia por los alimentos salados en comparación con los adultos.

El gusto amargo, en cambio, indica la presencia de compuestos que pueden ser tóxicos, razón por la cual los alimentos amargos suelen ser rechazados, evitando su consumo.

Asimismo, los niños tienen una inclinación natural hacia alimentos con alta densidad calórica, un rasgo que tiene sus raíces en la evolución. Cuando la escasez de alimentos era común, los humanos aprendieron a reconocer químicamente los alimentos más calóricos y nutritivos. Esto provoca que eviten verduras, que suelen ser bajas en calorías y presentan un sabor amargo.

Se ha demostrado que existen dos factores clave que influyen en el rechazo o la aceptación de frutas y verduras: la neofobia alimentaria y la tendencia a ser comensales quisquillosos. La neofobia alimentaria se define generalmente como la resistencia a probar o consumir nuevos alimentos. Por otro lado, los niños quisquillosos suelen ser aquellos que tienen una dieta muy limitada, rechazando numerosos alimentos tanto familiares como desconocidos. Diversas variables, como la edad, la personalidad, el sexo, las influencias sociales y la disposición a probar nuevos alimentos, impactan en el desarrollo y la expresión de estos factores.

El ambiente sensorial que experimentan los fetos en el líquido amniótico es influenciado por las elecciones alimentarias de la madre, ya que estos alimentos aromatizan dicho líquido. Estas experiencias gustativas iniciales pueden llevar a una mayor aceptación al nacer y durante el proceso de introducción de alimentos sólidos. Una exposición temprana a ciertos sabores favorece su aceptación y disfrute durante la alimentación complementaria. Posteriormente, el aprendizaje de sabores continúa después del nacimiento a través de la exposición a fórmulas comerciales o al contacto con la leche materna. Las investigaciones sobre la alimentación artificial han permitido controlar cuidadosamente las experiencias sensoriales del bebé, revelando que hay un periodo sensible durante los primeros meses de vida en el cual se pueden hacer más aceptables los sabores que inicialmente son desagradables.

No se debe asumir que solo hay un solo periodo sensible en el aprendizaje de los sabores, como sucede con otros sentidos. De hecho, existen momentos de plasticidad en la formación de preferencias gustativas que pueden ocurrir a lo largo de diferentes etapas del desarrollo. Por lo tanto, el aprendizaje de nuevas preferencias de sabor puede suceder a lo largo de la vida. Sin embargo, es importante señalar que las primeras experiencias gustativas tienden a ser más moldeables y tienen un impacto más duradero en comparación con las que ocurren posteriormente.

Las preferencias innatas hacia los sabores dulce y salado pueden ser modificadas a través de la experiencia.


¿Cómo fomentar que los niños consuman más frutas y verduras?

  1. DA EL EJEMPLO. Los padres deben ser los primeros en mantener una dieta variada y saludable. Como hemos visto, la alimentación de la madre influye en los gustos del feto en el útero y, más tarde, las preferencias se consolidan a través de la lactancia materna, que también se aromatiza con los alimentos que consume la madre. A medida que los niños crecen, se sienten atraídos por lo que sus padres comen, y ver a los adultos disfrutando de verduras les puede hacer sentir que son opciones “seguras” y deseables. Rechazar un vegetal frente a un niño, diciendo que “no nos gusta”, no hace que el alimento resulte más atractivo para ellos.
  2. NO FUERCES. Es común que los niños se resistan a probar una verdura o que digan que no les gusta después de probarla. Forzar, gritar o castigar puede tener un efecto contrario y hacer que el niño rechace aún más esos alimentos. No obstante, tampoco se debe alabar en exceso al niño; debe comer verduras porque realmente le gustan, no porque reciba recompensas o evite castigos. Si muestra rechazo, es mejor no insistir y retirar el plato, intentando ofrecerlo de nuevo en otra ocasión.
  3. COINVOLUCRAR. Si tu hijo es lo suficientemente mayor, invítalo a participar en la preparación de las verduras. Involucrar a los niños en la manipulación de alimentos o incluso en el cultivo de verduras ayuda a que las vean como algo más atractivo, alentándolos a probarlas.
  4. MEJORAR EL SABOR. Una verdura hervida y sin gracia no resulta apetitosa, incluso para los adultos; menos aún para los niños. Busquemos formas de hacer que las verduras sean más sabrosas, utilizando recetas deliciosas y combinándolas con otros alimentos que el niño ya considere familiares y “seguros” (por ejemplo, pasta o arroz).
  5. PROBAR Y REPETIR. Los estudios indican que la exposición a un nuevo alimento debe repetirse al menos 10 veces en un corto periodo antes de que los niños lo consideren seguro y familiar, y comiencen a apreciarlo. Si un niño rechaza el brócoli, no lo descartes para siempre; intente ofrecerlo nuevamente más adelante.

Ofrecer repetidamente una verdura nueva o poco atractiva en un entorno positivo de confianza es altamente eficaz para fomentar el consumo de verduras en niños pequeños y en edad preescolar.

La exposición repetida parece ser la clave para enseñar a los niños a aceptar nuevos alimentos o aquellos que les desagradan. Además, otras estrategias como añadir sabores, incrementar las calorías del plato o modificar el gusto también pueden ser útiles para incentivar la disposición de los más pequeños a probar y degustar verduras. Estrategias adicionales, tales como ampliar la variedad de opciones disponibles, son necesarias para promover el consumo de verduras que ya son apreciadas y consideradas familiares a medida que los niños crecen. Las diferencias individuales en características de los niños, como la neofobia alimentaria, la duración de la lactancia materna y la edad, juegan un papel fundamental en la formación de las preferencias alimentarias, y deben ser tomadas en cuenta al implementar estrategias para fomentar la aceptación de verduras por parte de los pequeños.

Bibliografía:

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